¡Qué suerte la tuya! —me decía con un tono de voz parecido al que produce un disco puesto a menor velocidad de la adecuada—. Pero no te preocupes. Yo te cuidaré. Harás un buen viaje. Vamos, relájate, gózalo, gózalo. —Acariciaba tiernamente mi rostro y mi nuca, diciendo—: Honradamente, no dejaré que te ocurra nada.» De repente pareció como si se repitiera incesantemente, una y otra vez; como un eco muy lento procedente de un espacio cóncavo. Empecé a reír, salvajemente, histéricamente. Me pareció oír la cosa más divertida, lo más absurdo que había oído en mi vida. Luego noté unas formas extrañas moviéndose en el techo. Bill me atrajo hacia sí y recliné mi cabeza en su pecho, sin dejar de mirar el remolino de cambiantes colores, enormes planos rojos, azules y amarillos. Intenté que otros compartieran conmigo aquella hermosura, pero mis palabras salían espesas, húmedas y chorreando o saboreando color. Me incorporé y di unos pasos, sintiendo un leve escalofrío tanto dentro como fuera de mi cuerpo. Quise decírselo a Bill pero sólo conseguí reír. Muy pronto, entre cada una de las palabras, se atropellaban los pensamientos. Había encontrado el lenguaje perfecto, auténtico y original: el lenguaje que utilizaron Adán y Eva. Pero, al tratar de expresarlo, las palabras que pronunciaba no tenían nada que ver con mis pensamientos.Perdía, se me escapaba ese objeto maravilloso, incalculable y auténtico, eso que debe ser guardado para la posteridad. Me sentí terriblemente, incapaz de decir una palabra, y caí sobre el suelo, cerré los ojos y la música empezó a absorberme físicamente. Podía olerla y tocarla con la misma precisión que la oía. Nunca había existido nada tan hermoso. Yo era parte de cada uno de los instrumentos. Cada nota tenía carácter, forma y color propios y parecía enteramente autónoma, de manera que yo podía captar y precisar su relación con la composición en su conjunto, antes de que sonara la nota siguiente. Mi mente poseía la sabiduría de los siglos y no había palabras apropiadas para describirlo. Mis ojos se detuvieron en una revista que estaba sobre la mesa y pude verla en cien dimensiones. Era tan bella que no podía soportarla, y cerré los ojos. Inmediatamente me quedé flotando hacia otra esfera, otro mundo, otro estado. Las cosas se escapaban de mi ser y volvían, privándome del aire, como al descender velozmente en ascensor. No podía distinguir lo real de lo irreal. ¿Era yo mesa, libro, música, o sólo parte de ellos? Pero en realidad no tenía la menor importancia, pues, fuese yo lo que fuese, aquello era maravilloso. Por primera vez en mi vida supe que todo me estaba permitido. Bailaba ante el grupo, interpretando, exhibiéndome y disfrutándolo en todos sus instantes. Mi sensibilidad alcanzó tal nivel que podía oír la respiración de alguien en el piso de al lado, podía oler a kilómetros de distancia a quien estuviera preparando gelatina de naranja, roja, o verde… Tras lo que me pareció una eternidad, empecé a desplomarme y la fiesta se disgregaba. Creo haberle preguntado a Jill qué había ocurrido, y ella dijo que diez de las catorce botellas de refresco contenían LSD.